Dios se aparta

 

 

Oseas 5:1-6:3

Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro. En su angustia me buscarán. vs. 5:15

Es Jehová quien habla. « Andaré y volveré a mi lugar, hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro…. me buscarán

En este capítulo, el mensaje particular del profeta fue dirigido a los sacerdotes, al pueblo y al rey, o sea, los poderes civiles y religiosos. La carga del mensaje era la contaminación nacional y el juicio divino que había de caer sobre la nación. El fondo histórico es de intensa oscuridad. Israel se había rebelado contra su Dios y Judá estaba en peligro. Cabe observar que en dos oportunidades se incluye a Judá con Israel en lo que el profeta tiene que decir. En el capítulo anterior vemos la palabra dirigida a Judá que el profeta lanzó a través de la frontera que dividía el reino del norte del reino del sur, cuando advirtió a éste último que no hi­ciera alianza alguna con Israel. En esa ocasión dijo: «Efraín está apegado a los ídolos; ¡déjale”

 

Es evidente que Judá no escuchó la advertencia. Esta­ba entrando en alianza con Israel y estaba procurando ayuda de Asiria. Se había llegado a un acuerdo entre Israel y Judá en un intento de evitar lo que aparentaba desembocar en una calamidad. En este mensaje, pues, si bien está dirigido principalmente al reino del norte, el profeta incluyó a Judá en dos oportunidades. El fondo histórico revela una terrible decadencia tanto en Israel como en Judá.

 

En vista de ello el profeta advierte a las dos naciones de la disciplina que se ha de aplicar en juicios, y los juicios profetizados son progresivos. Dos de ellos se describen en forma figurada y el tercero en lenguaje bien definido. El primero lo encontramos en el verso 12: «Yo, pues, seré como polilla a Efraín»; el segundo se registra en el verso 14: «Yo seré como león a Efraín»; y el tercero en el verso 15: «Yo pues iré, y me volveré a mi lugar» (V.M.).

 

El primer juicio se compara a la polilla, ese pequeño e insignificante insecto que se introduce en las riquezas del oriente y las destruye. El segundo se refiere al león, rugiente, airado, desenfrenado, desgarrando y destrozando. El tercero es el más terrible de todos: Dios que se retira, se aparta de su pueblo. «Iré y me volveré a mi lu­gar, hasta…»

 

 

Las advertencias son solemnes. La polilla es terrible, el león es terrible, pero cuando Dios mismo se retira, se produce la peor calamidad que podemos imaginar.

 

 

Sin embargo, notamos de inmediato que esta solemne advertencia termina con una nota que revela el corazón y la intención divina. La primera parte de la advertencia produce terror: «Iré, y me volveré a mi lugar», pero le sigue la pequeña y llamativa palabra «hasta», y en esta pe­queña palabra descubrimos el corazón de Dios. Al leerla y lo que sigue descubrimos la intención divina. «Iré, y volveré a mi lugar», pero esa no es mi voluntad, ni mi deseo, no lo que quiero. «Hasta…..» ¿Hasta qué? «Hasta tanto que ellos reconozcan su ofensa y busquen mi rostro». A continuación la palabra divina entona la can­ción no sólo de esperanza, sino también de seguridad. «En su adversidad me buscarán con empeño.»

 

De manera que tenemos la solemne advertencia junto con la revelación de un método, y luego una palabra fi­nal que revela el corazón de Dios. En este orden vamos a analizar los dos aspectos. La solemnidad de la advertencia, la terrible amenaza de calamidad, y luego el método por el cual es dada la advertencia, revelándonos el cora­zón mismo de Dios.

 

El lenguaje utilizado es extraño – Dios dice a su pueblo que les dejará, que se irá, que se retirará de ellos, y se volverá a su lugar.

 

Por supuesto que se trata, por utilizar un término te­ológico, de un antropomorfismo. Dios está hablando fi­guradamente de sí mismo como si fuera un hombre que se retira y que luego regresa a su lugar. En un sentido, el significado es muy claro. Significa que aquel que había estado presente con ellos se va a retirar. Declara que an­te las condiciones prevalecientes, Él se va.

 

Al considerar esta advertencia debemos tener presen­te la limitación, de la idea. En un sentido, Dios siempre está presente no importa cuán grave sea la maldad o la rebelión. Hay un sentido, en que su presencia, y lo digo reverentemente, no puede retirarse. La propia naturale­za de su ser así lo establece. Su presencia es inevitable, el gobierno de Dios es siempre activo. Su retiro no significa que está abandonando su gobierno. Debemos poner es­pecial atención para entender estas verdades.

 

Una ilustración notable de esta verdad aparece en el relato de la noche de gala en los salones del palacio del rey Belsa­sar. Todos conocemos esta dramática historia y la fuer­za con que reluce la revelación. Belsasar y sus mil príncipes se embriagaron y profanaron los vasos del templo (que se habían llevado de Jerusalén y que hasta esa fecha se habían guardado con respeto), llenándolos con vino y bebiendo de ellos hasta embriagarse llegando así a tener el aliento impuro y obsceno. Entonces apareció el escrito en la pared: «MENE, MENE, TEKEL, UPARSIN». Por medio de la interpretación de Daniel se le dijeron al rey estas palabras: «Al Dios en cuya mano está tu aliento, y cuyos son todos tus caminos, no le has glorificado» (Dn. 5:23, V.M.).

 

En un sentido Dios se había retirado y venía la calami­dad. En otro, no se había retirado. «Tu aliento», el aliento de Belsasar, impuro por causa de la bebida, y obsceno en su actitud, estaba en su mano. «El Dios en cu­ya mano está tu aliento» todavía está presente. En este sentido Dios nunca está ni puede estar distanciado. Su gobierno es incesante pues aun cuando dice: «Me volveré a mi lugar», sigue actuando en gobierno.

 

Esta es una verdad básica en todo ser viviente y que nunca debemos olvidar. Ningún hombre puede escapar al gobierno de Dios. Hablamos de hombres rebeldes que se vuelven contra el cielo, que expresan blasfemias le­vantando los puños de la rebelión, y golpeando a Dios en el rostro con toda intención, pero estos nunca escapan de su gobierno. Es posible que dentro del misterio de mi propia personalidad me lance en rebeldía contra los sa­lientes del escudo de Dios, pero si lo hago, Él me destru­ye; Él gobierna. Es posible que me esconda penitente en el corazón de Dios y si así lo hago, me sanará. Ya sea en la ley, ya sea en la gracia, Él gobierna. Hay un sentido, pues, en que Dios nunca se retira «porque en él vivimos, y nos movemos, y somos» (Hch. 17:28). Nuestro aliento está en su mano.

 

¿Qué significa, entonces, este pasaje? Evidentemente el significado es que Él dejaría de guiarles. Los dejaría para que sigan su antojo, los abandonaría a sus propias elecciones, sus gustos y decisiones. Los abandonaría a los resultados de sus propias rebeliones; se retiraría de inter­ferencias, de aquellas intervenciones de su gracia, que a pesar de su pecado, habían impedido por tanto tiempo la calamidad y pérdida total. El dijo: «Iré, y me volveré a mi lugar», y les dejaré que sigan todo el resto del viaje que se han propuesto, sin interferir barrera alguna. «Iré y me volveré a mi lugar.»

 

Tal retiro por parte de Dios es la peor calamidad que puede sobrevenir a cualquier hombre o nación. ¿Qué perdemos si Dios retira sus intervenciones? Perdemos el principio de la santidad, la certidumbre de la absoluta sabiduría, la fortaleza para el logro de todo lo que sea de valor, perdemos el amor. Si Dios se retira podemos toda­vía intentar establecer normas de conducta que creemos aconsejables, pero se desvanecerán, pues si el espíritu de santidad no sopla a través de nuestras normas de ética, éstas pronto perecen. Abundan ilustraciones de esta re­alidad en la historia de la humanidad. Están patentes en el mundo de hoy. Cuando Dios se retira, el hombre pier­de toda interpretación de la santidad, y así la demanda de santidad se desvanece. Cuando Dios se retira. el hombre comienza a declarar que no existe la santidad.

 

Quizá alguien dirá que no ha oído al hombre decir tal cosa, pero sí hemos oído decir a los hombres que el peca­do no existe. Si no hay tal cosa como el pecado, tampoco existe la santidad. Cuando Dios se retira, la diferencia entre lo bueno y lo malo desaparece. La verdadera mo­ral tiene su raíz en la religión. Cuando la religión – utili­zando el término en su sentido correcto, como el de re­ligar al hombre con Dios, y de ubicar al hombre en su correcta relación con Dios – cuando la religión perece, la moral se diluye y muere, se trasforma en tema de bro­mas y chistes y se traduce en el hazme-reír de los filósofos impíos. La santidad se ausenta. «Volveré a mi lugar». Cuando Dios hace esto, la visión y la pasión por la santi­dad, perecen.

 

Además, se pierde la sabiduría. Esto es casi increíble. Nuestra era se jacta de su conocimiento y una buena parte de la llamada sabiduría ignora a Dios. Pero pre­guntamos: ¿Es, en verdad, sabiduría? ¿Puede decirse que el conocimiento es sabio cuando descarta de sus cál­culos, en cualquier aspecto de la vida, el factor supre­mo? ¿Puede la actividad mental del hombre conducido a la meta del bienestar humano si elimina a Dios de sus planes? Toda actividad así desarrollada no es más que insensatez y locura destructora.

 

Si Dios se retira, paralelamente se retira la fuerza. Puede continuar una cierta vitalidad física y mental por algún tiempo, pero si el centro de la vida espiritual está muerto, tanto lo físico como lo mental se marchitan y quedan atrofiados en su potencial. El hombre no puede vivir solamente de pan.

 

Finalmente, y lo que constituye el mayor desastre es que si Dios se retira, el amor perece. Juan dijo con acier­to: «El amor es de Dios» (1 Jn. 4:7). Mucho de lo que hoy día se llama amor es egocéntrico y está vacío del princi­pio vital del amor de Dios que motivó el despojo de Sí mismo y lo trajo al Calvario por nosotros.

 

Habiendo considerado la naturaleza de este juicio, pasaremos a analizar su acción. A la luz de esta profecía, ya la luz de toda la revelación bíblica, al igual que el ex­ponente de la historia de la humanidad, aprendemos que Dios nunca abandona al hombre sin que antes el hombre le abandone a El. Dicho de otra manera Dios ja­más deja al hombre sin antes agotar todo método de dis­ciplina a su alcance. Primero la polilla, luego el león, y sólo cuando éstas son insuficientes, El mismo se retira.

 

La polilla no tiene fuerza pero va debilitando sutilmen­te, produciendo la decadencia. Este es un acto de Dios para provocar en el hombre una toma de conciencia de su debilidad, y un regreso a su fuente de poder. «Yo, pues, seré como la polilla a Efraín, y como carcoma a la casa de Judá.» La gran calamidad fue que Efraín tomó conciencia de su debilidad, pero no se volvió a Dios. Cuando vio su enfermedad, se fue a Asiria, y Judá a un rey adversario (5:13, V.M.) y esto agravó su fracaso. El propósito de la disciplina de la polilla era lograr que la nación reconociera su debilidad y se tornara a la única fuente de poder, y de hecho produjo su efecto, pero ellos en su debilidad se tornaron a Asiria. Por ende, el méto­do de la polilla no fue suficiente.

 

Dios dijo entonces: Utilizaré otro método. «Yo seré co­mo león a Efraín, y como cachorro de león a la casa de Judá; yo, yo arrebataré y me iré; tomaré, y no habrá quien liberte.» Se produjo el juicio en forma repentina, veloz y calamitosa. ¿Con qué propósito? El mismo. Para que la nación se vuelva al Señor. Si este método también fracasara, si todo método de disciplina dirigido a provo­car el retorno de la nación a su Dios fracasara, entonces el método final y más terrible tendría que ser aplicado. Dios tendría que retirarse. «Me volveré a mi lugar». Cuando no hay otra alternativa, no hay otro modo de apelar, no hay otro camino de acceso; cuando toda vía de comunicación ha sido cortada, sólo entonces Dios de­ja al hombre.

 

Ningún hombre sabe interpretar en forma precisa su propia época. Sólo la distancia proporciona una correc­ta perspectiva. Sin embargo, es imposible leer estas pági­nas sin descubrir rayos de luz que iluminan las condi­ciones del presente. Con sólo dar una mirada a los últi­mos cincuenta años, encontraremos razones para una solemne consideración. Inevitablemente mis pensamien­tos se centran en mi propia nación, pero pienso que tienen también aplicación en otros países. Analizando el panorama de los últimos años veo el proceso de la polilla y las evidencias de un debilitamiento en el carácter na­cional, pero no veo que se haya producido un retorno hacia Dios. Luego vinieron los años terribles del león, y del cachorro del león, de guerras, calamidades y ca­tástrofes. Lo considero y me pegunto: ¿Nos han hecho volver al Señor? No responderé a la pregunta, pero si la respuesta fuere negativa, estaremos entonces bajo la sombría amenaza de este juicio de Dios: que El nos abandone a nuestros propios arbitrios.

 

El amor a nuestras naciones y nuestra dedicación a sus más altos intereses, deberían hacer que estemos aguda­mente conscientes del peligro y deberían impulsarnos a orar para que esto no ocurra, que Dios no se retire. Pero recordemos que El jamás se retira del hombre, sin que éste le haya abandonado antes. «Dios estaba en Cristo reconciliando consigo al mundo». Nunca había dejado al mundo; el mundo le había abandonado a El. Nunca volvió sus espaldas hacia el hombre sin que el hombre hubiese primero descartado a Dios de su vida. Jamás abandona al hombre sin que algo haya ocurrido ya sea en el hombre, o en las condiciones de la época, o en la nación, que hubiera destruido el contacto con Dios.

 

Jehová dijo: «Me volveré a mi lugar”. ¿Por qué? Porque Israel y Judá le habían dejado, a pesar de todas sus in­tentonas de retenerlos. Dios nunca deja al hombre antes que el hombre lo deje a El. Emplea distintos métodos de disciplina, todos destinados a evitarnos la calamidad, a traernos de vuelta hacia El, Y a retenernos. Pero si llega el momento en que no hay más respuesta, la consecuen­cia inevitable aunque contraria a su voluntad, es que El debe dejamos.

 

Sin embargo, lo dicho no cubre todo el texto. Pienso que si así lo fuera, yo no osaría hablar sobre el tema. Aun en aquella hora solemne en que tanto Israel como Judá reciben por boca de Óseas e Isaías el mensaje de que Dios les abandonaría, El les dio una nota de espe­ranza. Encontramos el mismo principio en el ministerio de los demás profetas. En Ezequiel vemos a Dios retirán­dose del templo y del pueblo, pero el retorno y la res­tauración están a la vista. Cuando leo: «Yo, pues, iré y me volveré a mi lugar, hasta…», esa sencilla palabra «hasta» provoca al pensamiento, aun en medio del terror, y me sugiere que aunque Dios se retira lo hace forzadamente, y es como si dijera: Me voy, pero no quiero irme; me voy a mi lugar porque ustedes no me quieren; pero la puerta queda abierta.

 

¡Cuánta compasión nos sugiere esta palabrita «hasta»! La encontramos en un marco igualmente llamativo en el Nuevo Testamento, en Mateo 23:37-39:

 

¡Jerusalén, Jerusalén que matas a los profe­tas, y apedreas a los que te son enviados! ¡Cuántas veces quise juntar a tus hijos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas, y no quisiste!

 

 

He aquí vuestra casa os es dejada desierta. Porque os digo que desde ahora no veréis, hasta que digáis: Bendito el que viene en el nombre del Señor.

Tanto en las páginas del Antiguo como del Nuevo Testamento, encontramos a Dios abandonando a un pueblo, a una nación, a una ciudad. ¿Por qué? Porque rehusaban a tenerle con ellos. Hubiera juntado «tus hi­jos, como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas(lenguaje infinito y exquisito que revela un amor de parte de Dios semejante al amor materno), y no quisisteis». Por lo tanto, «vuestra casa os es dejada de­sierta». Aquí nos encontramos con una cáustica ironía de Dios. Vuestra casa, el templo. Anteriormente Jesús se había referido al templo como «la casa de mi Padre» pe­ro al final lo llamó «vuestra casa», ya no la casa de Dios. Así como en los días de Óseas, Bet-el, la casa de Dios, se había transformado en Bet-avén, la casa de vanidad también ahora «vuestra casa os es dejada desierta».

 

 

Pero este no es el final. Las últimas palabras de los la­bios de Jesús rezan: «No me veréis, hasta…» La puerta queda abierta. ¡Cuánta gracia e infinita armonía divina encontramos en esta pequeña palabra! La advertencia culmina con una nota que revela su disposición a volver.

 

Volvemos ahora a Óseas que le dice a Efraín cómo ha de regresar el Señor. ¿Cómo regresará el Señor? ¿Cuán­do volverá el Señor? El había dicho: Los dejaré has­ta…. ¿Será que en realidad volverá? ¿El Dios que fue continuamente rechazado, cuyo corazón fue quebrantado por la infidelidad del pueblo, ha de regresar? Está obli­gado a dejarlos por causa de la santidad y del amor. ¿Cuándo volverá? «Hasta que reconozcan su pecado y busquen mi rostro.» Esta es la respuesta. Primero, cuan­do reconozcan su pecado, vale decir, cuando dejen sus ídolos, y luego, cuando busquen mi rostro, vale decir, cuando se vuelvan a Dios.

 

Cuando Pablo escribió su carta a los Tesalonicenses hizo una descripción de toda la vida cristiana con las si­guientes palabras: «Os convertisteis de los ídolos a Dios, para servir al Dios vivo y verdadero, y esperar de los cielos a su Hijo» (1 Tes. 1:9-10). De los ídolos a Dios, del pecado a Dios, de la insensatez de la prolongada rebe­lión, de vuelta a Dios. Esta es la esencia. Cuando el hombre vuelve a Dios, Dios vuelve hacia él.

 

De manera que la solemne advertencia culmina con una nota de esperanza señalando así que la puerta no es­tá cerrada. «Me volveré a mi lugar hasta…» es como si dijera, pero la puerta queda abierta. Si me quieren, me podrán encontrar.

 

Viene a mi mente una historia que oí hace muchos años. Es la historia, de una madre en Escocia y de su hija que tomó el mal camino, dejó su hogar, y se fue a vivir en una ciudad donde llegó a la más baja degradación. La madre no sabía donde estaba y por diez largos años no tuvo noticia alguna de ella. Una noche, quebrantada y arruinada, Juanita emprendió el regreso al hogar. Su­bió el angosto sendero que conducía a la humilde casita y cuando se acercó, siendo muy avanzada la noche, vio una luz encendida en la habitación de la madre.
Esto le produjo temor y le hizo pensar que podría estar enfer­ma. ¿Por qué estaba encendida la luz a una hora tan avanzada de la noche? Avanzó silenciosamente hasta la entrada, puso su mano en la manija de la puerta y en­contró que estaba sin llave. Al abrirla oyó una voz que decía: «¿Eres tú, Juanita’» Era su madre que por diez años había esperado el regreso. La hija le preguntó: «Mamá, ¿por qué está encendida la luz? ¿Estás enferma?»

 

La madre le respondió: «La luz nunca se apagó desde que te fuiste, hija, y la puerta nunca fue cerrada con lla­ve».

¡Como la gallina junta sus polluelos debajo de las alas! Hasta que reconozcan su ofensa y busquen mi rostro. Cuando lo hagas, dice el Señor, la puerta estará abierta. Sus juicios son terribles, pero la polilla y el león son per­mitidos con la intención de salvamos. Si no aprendemos por medio de la disciplina, por la insidiosa pérdida de todas nuestras fuerzas y no aprendemos por medio de la sangre, el terror y la miseria de las guerras, puede ser que Dios tenga que decirnos: «Me volveré a mi lugar» y los abandonaré a sus propios designios, hasta que el punto de contacto se vuelva a brindar. Este contacto puede realizarse, del punto de vista divino, cuando este­mos dispuestos a confesar nuestro pecado, desechar los ídolos, y volver buscando el rostro del Señor. El juicio es inevitable y necesario a causa de la elección del hombre cuando abandona a Dios, pero, ¡El deja la puerta abier­ta y la luz encendida!

 

En la lectura preparatoria: para esta meditación, incluimos los tres primeros versículos del capitulo seis. Lo hi­cimos porque allí encontramos el llamado del profeta para que el pueblo regrese y entre por esa puerta abierta. Es uno de los llamados más hermosos y tiernos que en­contramos en la Biblia. En el estudio siguiente lo hemos de considerar en sus detalles, pero ahora cerraremos el capitulo con su sola lectura:

 

¡Venid, volvámonos a Jehová! porque él ha desgarrado, y nos sanará; él ha herido, y nos aplicará el vendaje. Nos volverá a dar vida después de dos días, y en el día terce­ro nos levantará, para que vivamos en su presencia.

 

 

¡Conozcámosle pues! ¡Sigamos adelante pa­ra conocer a Jehová! Su salida está apareja­da como el alba, y él vendrá a nosotros co­mo la lluvia, como la lluvia tardía que riega la tierra (Os. 6:1-3, V.M.).

 

 

Campbell Morgan

 

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